martes, 3 de febrero de 2026

Kilómetros para olvidar un nombre.

 Carlos deambulaba por su casa asegurándose de dejar todo apagado y cerrado. Caminaba arrastrando los pies y sin ánimos, pero con algunas expectativas guardadas en el interior de la mochila que le esperaba junto a la puerta.

Tres meses atrás descubrió que Pedro, su pareja desde hacía cinco años, tenía encuentros con chicos muy jóvenes. No descartó que algunos de ellos, con la mayoría de edad recién cumplida.

Pedro... Este nombre le martilleaba el cerebro y parecía resonar por todos los rincones de la casa. Por más que lo intentaba, no conseguía olvidarlo.

Un día, alguien le indicó que caminar era la mejor terapia, y que recorrer el Camino de Santiago sería lo más sanador para él. Carlos pensó que podía ser una buena idea, que tal vez así podría dejar atrás aquel nombre y el dolor que le acompañaban.

Compró la mochila y las botas con las que estuvo entrenando un tiempo, hasta llegar el momento de apagar todo, cerrar la casa y empezar su gran aventura.

Por el camino atravesó pueblos y ciudades, visitó iglesias y catedrales y compartió historias y vivencias con otros peregrinos. Historias de pérdidas y superación que le removieron las entrañas.

En Pamplona conoció a Marta, una atractiva joven de veinticinco años que huía de la desgarradora muerte de su madre tras una cruel enfermedad.

Cuando atravesaba un pequeño pueblo de la meseta, Tomás, un hombre muy mayor, le contó cómo el Camino le ayudó a superar el fallecimiento de su esposa.

Llegando ya casi a Santiago, cruzó una aldea que parecía estar celebrando unas Fiestas Populares, pero lo que se conmemoraba era un desastre natural ya olvidado.

El día que llegó a Santiago caminaba a paso ligero. Tenía muchas ganas de llegar a la Plaza del Obradoiro, con la esperanza de que el efecto sanador del camino hubiera cumplido su misión. Pero no sintió el alivio que esperaba. Aquel nombre y aquel dolor seguían con él. Sólo en la Catedral, al abrazar al Santo, lo comprendió todo.

Una leve sensación de frío procedente del Santo le provocó un escalofrío. En aquel momento comprendió que aquel nombre y el dolor seguían con él, pero su peso había cambiado.

Carlos se quedó un día más en Santiago para reflexionar. Acudió a la Santa Misa, vio volar el botafumeiro y a cada acto se sentía más ligero.

Sólo le quedaba una cosa por hacer: llegar hasta Finisterre, el «Fin del Mundo», para acabar de soltar allí aquel nombre y el dolor que le quedaba.

El año 2022 yo recorrí el Camino de Santiago, desde Roncesvalles hasta Finisterre. Al salir de Santiago me percaté de que éramos muy pocos los que seguíamos hasta el final. Por eso me pude fijar en él. Era un hombre de mediana edad, al que recordé haber visto en alguna de las etapas del Camino.

En Finisterre coincidimos en el mismo albergue y entramos en conversación.

—Me llamo Carlos —me dijo— y éste es mi décimo Camino. Hace diez años, entre las rocas del Faro, pude dejar un nombre y vaciar mi mochila del peso del dolor.

El efecto sanador del Camino se cumplió.

Si os gustó la historia, en este libro encontraréis una recopilación de 36 relatos breves con los que espero arrancarla una sonrisa.

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